Brezo, ten cuidado. De un momento a otro puedo aparecer debajo de tu boca o salir a tu cocina por la puerta de la nevera. Tú tienes mi voz guardada en los agujeritos y yo te digo que voy a meterme en una piscina aunque sea invierno, porque estaba pensando en la historia del nadador que descubría una especie de río discontinuo de piscinas y entonces llamas tú, remontas pueblos, cruzas campos, desciendes por la línea, entras en mi habitación. Todo está comunicado: yo guardo un bolígrafo en el cajón y, como el conejo de Alicia, puede el bolígrafo llegar al jardín de la reina; instalar un fax en una oficina es detectar sus conductos secretos y marcarlos, en los prados los cables de la luz indican vagos caminos eminentes que los hombres a tientas se esfuerzan por seguir; yo tiro de la cadena y el agua que cae viene de Huesca; abro el botiquín del cuarto de baño y la mercromina se superpone y multiplica con otra que hay en un cuarto de baño de Santander; enciendo la televisión y aparecen hombres que están en Cracovia, el enchufe de la lámpara de mi mesa lo alimenta el Duero, este suelo es el techo de un piso inferior. Y si entro en mi pijama tal vez salga al camisón dorado de tu cuerpo, tu cuerpo que en el sexo limita con el mío. Y si me acuesto, es el colchón la tierra donde el pielroja se tumba para oírte galopar. Y si cierro los ojos, tú los abres, estremecida de placer. Y si me duermo, el afluente de mi sueño desemboca en el río donde duermes tú. Todo está comunicado.
La escala de los mapas
Belén Gopegui